La araña
Por la tarde me puse a ordenar la ropa que había lavado. Subí y bajé las escaleras como tres veces y no me di cuenta. Pero la cuarta vez antes de pisar el primer escalón para bajar la vi: una araña de aproximadamente 6 cm de diámetro, peluda, manchada, enorme! Aunque nunca me hayan hecho nada les tengo terror, me imagino que me van a saltar encima.
Dicen que las grandes son inofensivas, que las pequeñas son las más peligrosas. Para mí son todas iguales pero las más grandes me causan peor impresión.
Ahí quedé en el primer escalón mirándola, no me animaba a saltarla para bajar, pero mi hija estaba abajo y no me podía quedar arriba. Me acordé que tenía un spray de veneno en la pieza, lo fui a buscar y le eché un poquito. Se cayó de ese escalón y ya no la vi más, solo podía imaginarme donde estaba. Tomé coraje y salté como cuatro escalones juntos y desde el descanso de la escalera miré otra vez. Estaba paradita en el borde del escalón como atontada, si yo seguía bajando corría el riesgo de que se me cayera encima, con lo cual no me moví por unos minutos evaluando qué me convenía hacer.
Desenrollé la toalla que tenía en la cabeza y me cubrí el costado del cuerpo que quedaba del lado de la araña por si "me saltaba encima". En cuanto ella hizo un movimiento hacia el otro lado bajé corriendo, volví a echarle veneno y no me acerqué más a la escalera.
Mi marido llegó dos horas más tarde y le dije que fuera a ver si la encontraba. En efecto lo hizo, estaba muerta en la puerta de la habitación de mi hija, es decir, había subido cuatro escalones y caminado dos metros más. Qué resistencia!
No fue la primera vez que vi una araña así en la escalera (no sé por qué siempre están por ahí), pero sí la primera vez que maté una. Odio hacerlo. Si por mí fuera las metería en un recipiente y las tiraría lejos.
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Nuestro zoo
Creo que ya mencioné que en mi casa siempre hubo perras, pero omití decir que no solo perras, sino todo tipo de bichos. A mamá y papá siempre les gustaron y yo heredé ese rasgo, no así mis hermanos. Mi papá se encargaba de hacer la colecta y mi mamá del mantenimiento. Así es que mi casa alojaba varias especies, por temporadas el surtido era considerable y en algunas oportunidades interactuaban naturalmente (aunque no como lo hubieran hecho en la naturaleza, valga la redundancia). La lechuza protegía con sus alas al conejo en su jaula, a la cual él ingresaba por un pequeño agujero en un costado. El carancho tomaba su hueso con carne de la mano de papá mientras las perras le daban vueltas alrededor sin animarse a robárselo. Cuando se le acercaban las perras, el conejo daba patadas en el piso para asustarlas.
Por aquellas épocas desfilaron, además de los ya mencionados, el hurón, la nutria, el peludo, las palomas, los canarios, las cotorras, los hamsters, los chanchitos de indias, los peces y demás.
También los cachorritos de una de las perras, concebidos cuando un perro vecino saltó el tapial en “uno de esos días”. Quedaron cuatro machitos, divinos, que para mamá eran como hijos y para mí como hermanitos. Cuando llegó el momento de elegirles el nombre, mamá los bautizó: Hipólito, Protasio, Ceferino y Saturnino.
No duraron mucho en casa porque fueron regalados pero hicieron nuestros días muy felices.
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Andy y sus dientes partidos
Mi infancia transcurrió muy felizmente en un pueblito del interior de la provincia de Buenos Aires. Se podía jugar en la calle sin problemas, a cualquier hora. Yo prefería la bici y los patines, aunque trepar árboles era mi pasatiempo favorito: primero los observaba y calculaba por donde subir mas fácil y rápidamente, después me trepaba y me quedaba arriba jugando por un rato.
Siempre hubo perras en mi casa, y yo compartía con ellas muchos de mis juegos. Un día se nos ocurrió a mi compañera de andanzas (Andy) y a mí, que podíamos utilizar una de las perras como caballito de tiro. Nos calzamos los patines y le atamos una soga del collar. Preparamos un palito con un pedacito de carne y, como en los dibujitos, se lo pusimos adelante para que corriera con alguna de nosotras aferrada a la soga por detrás. Era muy divertido para la perra y para nosotras, con toda la calle libre para acelerar.
En una de las tantas carreras, a Andy se le trabó una ruedita de patín en uno de los agujeritos del asfalto, con tanta mala suerte que cayó de boca al piso y se quebró los dos dientes de arriba. Así, en un segundo, paf!, perdió la mitad de ambos. Cuando se dio cuenta salió corriendo para su casa, llorando desesperada. Yo me quede ahí con la perra sin saber que hacer, como estatua. No podía creer lo que le había pasado. Despacito me acerqué al asfalto y junte las dos mitades de dientes, las guarde hasta el otro día y se las devolví un poco avergonzada.
Desde ese día luce dos fundas y una sonrisa que las trata de esconder.
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