jueves, 2 de agosto de 2007

Andy y sus dientes partidos

Mi infancia transcurrió muy felizmente en un pueblito del interior de la provincia de Buenos Aires. Se podía jugar en la calle sin problemas, a cualquier hora. Yo prefería la bici y los patines, aunque trepar árboles era mi pasatiempo favorito: primero los observaba y calculaba por donde subir mas fácil y rápidamente, después me trepaba y me quedaba arriba jugando por un rato.
Siempre hubo perras en mi casa, y yo compartía con ellas muchos de mis juegos. Un día se nos ocurrió a mi compañera de andanzas (Andy) y a mí, que podíamos utilizar una de las perras como caballito de tiro. Nos calzamos los patines y le atamos una soga del collar. Preparamos un palito con un pedacito de carne y, como en los dibujitos, se lo pusimos adelante para que corriera con alguna de nosotras aferrada a la soga por detrás. Era muy divertido para la perra y para nosotras, con toda la calle libre para acelerar.
En una de las tantas carreras, a Andy se le trabó una ruedita de patín en uno de los agujeritos del asfalto, con tanta mala suerte que cayó de boca al piso y se quebró los dos dientes de arriba. Así, en un segundo, paf!, perdió la mitad de ambos. Cuando se dio cuenta salió corriendo para su casa, llorando desesperada. Yo me quede ahí con la perra sin saber que hacer, como estatua. No podía creer lo que le había pasado. Despacito me acerqué al asfalto y junte las dos mitades de dientes, las guarde hasta el otro día y se las devolví un poco avergonzada.
Desde ese día luce dos fundas y una sonrisa que las trata de esconder.

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